Al este de “El Edén”, subiendo la falda de la montaña vestida de enebro se disponen salteadas las famosas columnas jónicas de pasado incierto y presente dejadez. En su historia remota fueron objeto de leyendas, de admiración y recuerdo y ahora perviven rodeadas de infortunios y mala fama.
Andrew, natural de Sheffield, hijo de Rodrigo, ascendía la montaña con diligencia y curiosidad por conocer la columnata. La ubicación exacta la había conocido en “El Edén” minutos antes. Centro social masculino por excelencia donde hasta el cura comparte risas y cervezas. Música erótica y luces rojas tintaban el lúgubre lugar donde deambulaban chicas de muy diverso porvenir.

Su madre, Manuela, en sus numerosas historias acerca de su padre, le mencionaba lo que aquellas columnas significaron en su vida. Allí conoció a su padre en una romería, allí se dieron su primer beso y allí perdían el tiempo, la vergüenza y el pudor en aquellas jornadas largas veraniegas. Las columnas, en estado deplorable, mostraban la cara amarga a los visitantes por aquella guerra maldita que las convirtió en protagonistas.
Disidentes del pueblo, de un bando y otro, eran encaminados hasta ellas en rito solemne a enfrentarse al pelotón de fusilamiento. ¿La razón? Pensar de otro modo. Marcas de metralla y muescas de balas en el mármol, evidencias de los fusilamientos, imágenes insalubres para la mente juvenil de Andrew.
Lágrimas, ira y el mismo desconocimiento de su padre con el que llegó asaltaban al joven mientras paseaba entre las columnas. Desde luego, no podía volver a casa con una única duda resuelta: dónde murió su padre. Quizás desconcertado o más bien, fruto de la necesidad de diluir sus penas en alcohol, volvió a El Edén.
Más abarrotado que la última vez, El Edén comenzaba a cobrar vida. Risas, alboroto y la vergüenza de unos novios recién llegados eran el plato fuerte de la noche. Cabizbajo Andrew se dirigió a la barra sin más preámbulo. El camarero, necesitado de compañía y tertulia, se aproximó al joven inglés y le preguntó por su estado.
- No sé qué me sucede, no sé cómo explicarlo. Vine para conocer a mi padre y tan sólo sé dónde murió…
- Bueno, bueno, cuéntame. ¿Cómo se llamaba tu padre?
- Rodrigo. Rodrigo Gómez Atienza.
Continuará