Eso debió pensar Mario cuando atentamente se deleitaba con el relato de su acompañante del tren. Cada palabra, cada mínimo detalle le erizaba más y más la piel. ¿Cómo podía dibujar con palabras tan magistralmente un sueño que él también había vivido?
En el lago, el viejo que remaba dando vueltas y más vueltas mientras reía a carcajada suelta. Por la orilla norte,un enjambre de abejas ávidas de aventura asediaban a un hombre embadurnado en miel que corría torpemente, como andando. Al sur, se divisaba el árbol centenario del que colgaban manzanas de caramelo y los niños saltaban a por ellas con un trampolín y usaban las ramas del mismo como columpios.
Vaya…. ¡Hasta se acordaba de los tambores dispuestos por toda la orilla para que la gente hiciera “ruido” al andar! Y esto tan sólo es el comienzo….
Anonadado, estupefacto, absorto… No había palabras para definir su estampa. Y aún faltaba la guinda del pastel: en el sueño, ella era una ardilla de larga cola con forma de cepillo y él, un pájaro cuco insoportable.
Y ambos se reconocieron….
foto (vía flickr)